2025 fue un año de reflexión y transformación. Un momento para cambiar de hábitos, crear otros nuevos, vivir más intensamente, apreciar los pequeños momentos y afrontar nuevos retos.

Viajar siempre me ha parecido una necesidad. Es una de las pocas cosas que te obliga a dejar de lado lo que crees que sabes, a aceptar nuevas realidades y a ver el mundo de formas que quizá ni siquiera sabías que existían.

También es una forma de comprender la cultura más allá de lo que los libros pueden contarte. Caminar por un lugar, hablar con la gente que vive allí o simplemente observar la vida cotidiana te permite conectar ideas que antes eran solo teoría, hechos aislados y curiosidades acumuladas a lo largo de los años gracias a un sentido persistente de la curiosidad.

Muchos senderistas ven el camino como un fin en sí mismo. Para mí, siempre ha sido otra forma de viajar, una ventana a una realidad única. Puede que caminar no ofrezca grandes monumentos, pero te ofrece paisajes, naturaleza, fauna y la sensación de seguir los pasos de otros que han recorrido antes ese mismo sendero.

Y aporta algo más, un reto personal muy necesario en aquel momento, el acto de avanzar, de completar cada etapa, paso a paso.

En el verano de 2025, tras haber oído el nombre «Dolomitas» muchas veces sin prestarle mucha atención, decidí investigarlo más a fondo. Fue entonces cuando me encontré con una ruta que parecía reunir todo lo que buscaba, en un entorno verdaderamente único, la Alta Via 1.

Un recorrido exigente, de unos 150 kilómetros, con aproximadamente 10000 metros de desnivel acumulado, que me pareció el equilibrio perfecto entre belleza, esfuerzo y descubrimiento.

Desde ese momento, se convirtió en una obsesión. Un lugar al que sabía que tenía que ir.

El mar que se convirtió en roca

Hace unos 250 millones de años, este lugar era un mar tropical poco profundo lleno de arrecifes de coral y vida marina. Lo que ahora son paredes verticales de roca fueron en su día organismos vivos sumergidos en el agua.

Con el tiempo, esos arrecifes se convirtieron en piedra. Más tarde, cuando se formaron los Alpes, se elevaron para crear las montañas que vemos hoy en día.

Probablemente por eso, en 2009, los Dolomitas fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. No solo por su belleza, sino por algo menos visible, su valor geológico. Este es uno de los pocos lugares del mundo donde se puede estudiar esa transformación de coral a roca. Las montañas aquí no se erosionaron como las de otros lugares, porque no eran montañas. Eran corales convertidos en roca.

Se nota la diferencia al caminar. La roca parece más ligera y quebradiza, y al golpear el suelo con los bastones se oye un característico sonido metálico.

Enrosadira

Para los habitantes de la zona, ese resplandor rosado que ilumina las paredes de las montañas al atardecer tiene un curioso nombre, Enrosadira. Según la leyenda, el rey Laurin, que gobernaba a los enanos, tenía un jardín de rosas escondido entre las cumbres. Fue traicionado y lanzó una maldición sobre su jardín para que nadie pudiera verlo ni de día ni de noche, pero se olvidó del crepúsculo. Solo entonces el jardín vuelve a florecer sobre la roca.

Más allá de la mitología, la ciencia explica que es la composición química de la roca dolomítica la que reacciona a la luz tenue. ¡Y es algo increíble de presenciar! Hay ciertos momentos del día en los que la Civetta se tiñe de un rojo tan intenso que parece producir su propia energía. En esos momentos, es casi imposible hacerle justicia con una foto; la cámara no puede capturar el rango dinámico de una luz que no parece provenir del sol, sino del interior de la propia roca.

Entonces el viento hace bajar la temperatura rápidamente y la luz comienza a desvanecerse más rápido de lo esperado. La niebla se desliza de un pico a otro y lo cubre todo a tu alrededor en unos instantes.

No todo se puede fotografiar, ni se debe. Algunas imágenes duran solo unos segundos, cambios en la luz mientras te mueves. Pero parte de viajar es darse cuenta de eso, no para guardar cada momento, sino simplemente para ser testigo de cuando ocurren.

Una antigua frontera

Esta región formó parte del Imperio de los Habsburgo durante casi un siglo. Aún hoy, las huellas de ese legado se pueden ver en cada detalle, en los senderos que marcan el itinerario, en la arquitectura, la comida, las costumbres y el idioma. El alemán sigue siendo la lengua principal en la mayoría de los pueblos. En otras zonas, como Val Badia, se habla ladino, una lengua retorrománica que ha sobrevivido en estos valles aislados durante siglos.

Cuando los romanos estaban al mando, esta era la provincia de Raetia. Marcaba la frontera entre el mundo mediterráneo y las tierras de los territorios bárbaros. Para ellos, estas montañas eran un territorio que había que atravesar para ir a la batalla.

Más tarde, ese papel fronterizo volvió a cobrar importancia. Durante la Primera Guerra Mundial, los Dolomitas se convirtieron en uno de los frentes montañosos más duros de la guerra. Las tropas italianas y austrohúngaras excavaron túneles en la roca y vivieron en condiciones extremas a más de 3000 metros de altitud, donde el frío y la altura jugaban en su contra.

En algunos tramos de la ruta, el sendero parece no ser más que un simple camino. La roca está hueca, las paredes muestran cortes artificiales y, de repente, te das cuenta de que otros estuvieron aquí antes por razones muy diferentes. Caminas sobre excavaciones realizadas durante una guerra, por senderos que los ejércitos han utilizado durante siglos.

Hoy en día, esas mismas huellas constituyen uno de los aspectos más fascinantes del viaje, y el contraste es difícil de ignorar.

Una ruta muy completa

La Alta Via 1 es una de las mejores rutas de senderismo de varios días de Europa. No es técnicamente exigente en el sentido alpino clásico, pero sí es físicamente exigente, con constantes cambios de desnivel y un terreno variado. La ruta está diseñada para completarse en unos diez u once días, pero yo tenía previsto completarla en siete.

No es una ruta para todo el mundo, aunque su creciente popularidad pueda sugerir lo contrario. Cada día requiere algo diferente. A veces es el terreno, otros días, la distancia o el tiempo, que no siempre acompaña; a veces es lo inesperado lo que puede marcar la diferencia. O puede ser simplemente el agotamiento y la acumulación de días. El cuerpo se adapta, pero no sin resistencia.

En la última década, los Dolomitas se han convertido en un destino muy conocido, en gran parte gracias a las redes sociales. Lugares como Tre Cime atraen a cientos de miles de visitantes cada año, muchos de ellos en busca de un momento instagrameable. Sin embargo, basta con alejarse unos pocos kilómetros para que las multitudes desaparezcan.

En la Alta Via 1 hay tramos donde el tiempo parece haberse detenido y el silencio te envuelve. Valles donde pastan las ovejas, donde el sonido más constante es el de los cencerros. Prados donde el ritmo lo marca el terreno y donde la presencia humana no altera el paisaje.

Los rifugi (refugios de montaña) ayudan a mantener ese equilibrio. Más que simples alojamientos, los rifugi son lugares de conexión. A las siete de la tarde, las largas mesas comunitarias se llenan de desconocidos que, tras una breve conversación, comienzan a compartir mapas como si fueran viejos amigos. El esfuerzo del día da paso a largas charlas, comidas sencillas y la sensación compartida de haber llegado allí de una manera muy similar. Fuera de esas paredes, el resto del mundo sigue moviéndose a un ritmo imparable.

Hay algo en ese entorno que fomenta la conexión, tal vez el esfuerzo compartido, o tal vez la ausencia de distracciones.

Permanecer en el presente

Con cada día que pasa, la mochila empieza a parecer menos una carga y más una extensión de tu cuerpo. Hay un misticismo silencioso en la austeridad del excursionista. Te das cuenta de que puedes ser profundamente feliz con ocho kilos a la espalda y una cámara.

La fatiga acumulada crea un estado mental en el que dejas de proyectarte hacia el futuro y, en cambio, te anclas en el momento presente, en el siguiente paso. Al final, la Alta Via 1 no se mide en distancia, sino en el número de pensamientos innecesarios que dejas atrás a lo largo del camino.

La ruta cambia constantemente. No hay una única vista de los Dolomitas, sino varias, que se suceden a lo largo del viaje. Y eso, quizás, es lo que hace que la Alta Via 1 sea única.

La aventura acaba de comenzar.

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